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Vol. 28. Núm. 6.
Páginas 525 (Noviembre - Diciembre 2014)
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Vol. 28. Núm. 6.
Páginas 525 (Noviembre - Diciembre 2014)
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DOI: 10.1016/j.gaceta.2014.05.011
Open Access
Thomas Piketty. Le capital au XXIe siècle. Paris: Éditions du Seuil; 2013. ISBN: 978-2-02-108228-9. 970 p
Thomas Piketty. Capital in the twenty-first century. Paris: Éditions du Seuil; 2013. ISBN: 978-2-02-108228-9. 970 p
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Vicente Ortún
Centro de Investigación en Economía y Salud (CRES) y Departamento de Economía y Empresa, Universidad Pompeu Fabra, Barcelona, España
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El previsible impacto de la crisis, a medio y largo plazo, en los países del mezzogiorno europeo, vendrá provocado por su efecto en las condiciones de vida y trabajo, y muy particularmente por tres factores: el paro (3,7 millones de personas llevan más de 1 año desempleadas en España), la pobreza infantil y la mayor desigualdad. Parece llegado el momento de la salud pública que exige actuaciones sobre los determinantes históricos de la salud, en especial la renta y su distribución, aquellos determinantes que los premios Nobel Sen1 y Fogel2, y ahora Piketty, sin pretenderlo, han puesto de relieve.

Piketty ha realizado un titánico esfuerzo de recogida de datos de renta y riqueza que cubre más de 200 años de un conjunto de 20 países actualmente desarrollados. Se trata sobre todo de un libro de historia, sin barreras de comprensión por motivos de jerga o modelizaciones abstractas, y con las 75 bases de datos que lo sustentan plenamente accesibles; libro que se ha convertido, merecidamente y en especial tras su traducción al inglés, en la obra de ciencia social con mayor impacto en estos últimos años.

Piketty muestra que el crecimiento económico moderno y la difusión del conocimiento nos han permitido evitar desigualdades en la escala apocalíptica predicha por Karl Marx. Sin embargo, no hemos modificado las estructuras profundas del capital y la desigualdad. El principal impulsor de la desigualdad, la tendencia de los rendimientos del capital a superar la tasa de crecimiento económico, amenaza con generar desigualdades extremas. En el mundo robotizado que se avecina, el capital se reproduce a sí mismo. Dejamos de vivir en una meritocracia en la cual las grandes fortunas se ganan y son merecidas; ahora simplemente se heredan, las rentas no provienen tanto del trabajo o de la iniciativa empresarial como de la herencia. Parece volverse al tiempo anterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las sociedades occidentales estaban dominadas por unas oligarquías cuya riqueza no era ganada. Este aumento de las desigualdades despierta el descontento y socava los valores democráticos. La captura del proceso político por los plutócratas amenaza directamente nuestras instituciones y valores, pues lleva a la desvirtuación de la democracia.

La historia sugiere que este tipo de desigualdad perjudica el crecimiento. Basta contemplar, en Europa, el éxito de los países escandinavos, y en Asia, el de Japón y Corea del Sur, los mayores redistribuidores de renta y los que tienen mejor engrasado el ascensor social que permite la movilidad intergeneracional para evitar que la pobreza sea dinástica.

Pero las tendencias económicas no son leyes divinas. La acción política ha frenado las desigualdades peligrosas en el pasado, dice Piketty, y puede hacerlo de nuevo. La solución ideal es un impuesto progresivo sobre la riqueza neta individual. Esto fomentará la movilidad de la riqueza y mantendrá su concentración bajo control y escrutinio público. Por supuesto, otras instituciones y políticas también pueden desempeñar un papel importante: la inflación puede reducir el valor de la deuda pública, la reforma de la ley de patentes puede limitar la concentración de la riqueza, etc.

Será trabajo de salubristas evaluar la efectividad de las políticas dirigidas a disminuir las desigualdades, ponderando costes y beneficios, con especial atención a la política educativa, en particular la educación primaria. Por justicia (para atajar la corrosiva desigualdad que nos devuelve al siglo xix), por igualdad de oportunidades y para combatir la crisis. La salida de la crisis exige mejor capital humano que permita una mayor productividad. La inversión en educación primaria, financiada públicamente, facilita la igualdad de oportunidades evitando que la pobreza sea dinástica, permite movilizar los mejores recursos humanos (sin discriminación por razón de origen socioeconómico) y tiene una influencia determinante en el estado de salud. Nada mata tanto como la pobreza y la ignorancia infantiles. La situación socioeconómica influye en la salud y las aptitudes de los niños y las niñas en sus primeros años (en el útero incluso), lo que a su vez afecta al desarrollo cognitivo y social, a la capacidad de aprender y, por tanto, a su capital humano.

Finalmente, debe reconocerse que el mecanismo propuesto por Piketty para explicar el aumento de las desigualdades en renta y riqueza en los países desarrollados ha servido para nivelar el campo de juego para miles de millones de personas en el mundo. Afortunadamente, ha sido también durante las últimas tres décadas cuando miles de millones de personas han salido de situaciones de extrema deprivación3.

Declaraciones de autoría

El autor ha concebido y elaborado el manuscrito. También aprueba la versión final para su publicación.

Financiación

Ninguna.

Conflictos de intereses

Ninguno.

Bibliografía
[1]
A. Sen.
Development as freedom.
Knopf, (1995),
[2]
R. Fogel.
The escape from hunger and premature death.
Cambridge Univ Press, (2004),
[3]
A. Deaton.
The great escape.
Health, wealth and the origins of inequality, Princeton Univ Press, (2013),
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